EN REDES, CUANDO SE ELIMINA EL FILTRO, EMERGE LA BARBARIE!
Por: FERNANDO GIRALDO NARANJO (CEO en FGN Advertising Global Boutique)
No fue un accidente. Tampoco fue ingenuidad tecnológica. La eliminación de los códigos de verificación y de moderación del lenguaje en las redes sociales fue una decisión consciente, calculada y profundamente irresponsable. Se hizo en nombre de una libertad mal entendida, pero se ejecutó al servicio del negocio más rentable de nuestro tiempo: la explotación de la indignación, la vulgaridad y la ignorancia.
Hoy no vivimos una crisis de contenidos. Vivimos una crisis de carácter social!
Las redes sociales, convertidas en plaza pública sin ley, han dejado de ser espacios de conversación para convertirse en arenas de combate. Allí no se dialoga, se embiste. No se argumenta, se insulta. No se informa, se grita. Y lo más grave: se premia al que grita más fuerte, no al que piensa mejor.
La agresividad ya no es una anomalía; es el estándar operativo!
Desde la sociología, el fenómeno es devastador. El lenguaje es el primer regulador de la vida colectiva. Cuando se degrada el lenguaje, se degrada la convivencia. Una sociedad que naturaliza el insulto permanente termina normalizando la violencia simbólica y, tarde o temprano, la real. No es casualidad que hoy tengamos comunidades más intolerantes, más radicalizadas y menos empáticas. La pedagogía diaria del algoritmo ha sido clara: humilla, polariza, simplifica, y serás visible.
Las redes no reflejan la sociedad: la están moldeando. Y lo están haciendo mal!
Eliminar los códigos de moderación no liberó voces silenciadas; liberó impulsos primarios. El anonimato, sumado a la impunidad digital, creó ciudadanos sin freno, sin vergüenza y sin responsabilidad. Hoy cualquiera puede difamar, mentir o incitar al odio sin más consecuencia que un aumento en seguidores. La moral fue sustituida por métricas.
Y aquí entra el cinismo corporativo!
Desde la mercadotecnia, las plataformas saben perfectamente lo que hacen. La verificación cuesta. La moderación incomoda. El límite reduce tráfico. En cambio, la rabia vende. La mentira engancha. El escándalo fideliza. El problema es que, al sacrificar la confianza por engagement, están destruyendo el valor a largo plazo del ecosistema digital.
Las marcas lo están entendiendo antes que los usuarios. Cada día más anunciantes abandonan estos espacios convertidos en cloacas discursivas. Nadie quiere que su logo aparezca junto a discursos de odio, teorías conspirativas o violencia verbal normalizada. La reputación no se construye en territorios sin reglas.
Pero el daño ya está hecho!
La eliminación de la verificación no solo desinformó; instauró una cultura del “todo da igual”. Cuando los hechos pierden jerarquía, gana el relato más emocional. Cuando la verdad se relativiza, triunfa el que manipula mejor. Así se incuban sociedades cínicas, descreídas, incapaces de construir acuerdos mínimos. Sin hechos compartidos no hay democracia, solo bandos.
Y entonces ocurre lo inevitable: la fuga!
Mientras las redes celebran su falsa libertad, las audiencias migran silenciosamente hacia los medios de comunicación tradicionales. No por romanticismo, sino por hartazgo. Porque alguien todavía quiere saber qué es verdad y qué no. Porque alguien todavía valora que exista un editor, un filtro, una responsabilidad legal y ética.
Los medios clásicos no son santos. Pero entienden algo que las plataformas decidieron olvidar: la palabra tiene consecuencias.
El regreso al periodismo serio, a los formatos largos, al análisis contextual, es una reacción defensiva de la sociedad frente al ruido. Es el intento de reconstruir un mínimo de orden simbólico en medio del caos digital. La confianza, ese activo invisible, vuelve a cotizar alto cuando escasea.
El gran engaño de esta era es confundir libertad con ausencia de límites. Ninguna civilización se construyó así. Los códigos no eran censura; eran civilización básica. Quitarlos no empoderó al ciudadano; lo desnudó frente a sus peores impulsos.
Hoy tenemos una sociedad más agresiva, más vulgar y menos escrupulosa no porque “así sea la gente”, sino porque diseñamos plataformas que premian ese comportamiento. Y ahora fingimos sorpresa.
Las redes sociales no están ampliando el debate público: lo están degradando. Y una sociedad que acepta esa degradación como normal no está avanzando. Está retrocediendo, con wifi y aplausos.
Porque cuando se elimina el filtro, no aparece la verdad. Aparece el ruido. Y el ruido nunca construyó nada.
Lo digo yo!
Cortesía: FERNANDO GIRALDO NARANJO / FGN Advertising Global Boutique.
