DIPLOMACIA POLÍTICA AL PISO: LA INVOLUCIÓN QUE NORMALIZÓ LA GROSERÍA COMO ARGUMENTO!
Por: FERNANDO GIRALDO NARANJO (CEO en FGN Advertising Global Boutique)
La cortesía perdida en una nación que celebra a sus verdugos!!!
Hoy Colombia atraviesa una degradación diplomática que ya no puede explicarse como un fenómeno coyuntural, ni como parte del ruido típico previo a un ciclo electoral. No!. Lo que está sucediendo es más profundo, más tóxico y más revelador: hemos normalizado la incivilidad política como forma de comunicación oficial, y lo más alarmante es que ha dejado de escandalizarnos. Nos habituamos a un lenguaje gubernamental que pareciera escrito en estado de furia permanente, un escenario con la misma virulencia, en un país que redujo la política a un combate callejero donde gana el que insulta más fuerte.
En Colombia la diplomacia no solo se rompió: se banalizó. Se convirtió en un espectáculo de improperios, en el reino de la injuria pública, en la celebración del exabrupto verbal. Y lo peor es que se aplaude, se viraliza, se celebra como si hubiese mérito en rebajar la conversación al nivel de una riña de cantina de vereda!
La involución cultural: cuando la política se volvió analfabetismo emocional!
Lo que estamos viendo hoy, no es simplemente mala educación: es una involución social absoluta, un retroceso a estadios primarios y salvajismo del comportamiento humano. Mientras en países desarrollados la diplomacia es un sistema de contención, de autocontrol, de sofisticación lingüística y emocional, en Colombia se volvió una herramienta de escarnio. Aquí el político que actúa con calma, educación o mesura es catalogado como «huevón», cobarde o desconectado del “pueblo”. El analfabetismo cívico se volvió virtud.
En Europa o Asia, un funcionario que insulte públicamente a otro queda descalificado moralmente y pierde autoridad institucional. En Colombia, en cambio, ese mismo funcionario sube en las encuestas porque “dice las cosas de frente”, lo cual es una manera elegante de normalizar la brutalidad. Hemos confundido franqueza con barbarie. La diplomacia convertida en tarima para la agresión!
Las instituciones del Estado fueron pensadas para administrar conflictos, no para producirlos!
Sin embargo, los espacios diplomáticos hoy funcionan como escenarios de pelea. El insulto se volvió argumento. La descalificación ad hominem sustituyó el debate. La chabacanería desplazó al análisis serio. Y lo más grave: pareciera que hay un sector político que necesita permanentemente un enemigo para justificar su propia existencia.
Es una estrategia peligrosa porque transforma al adversario en enemigo, y al enemigo en amenaza. Esa lógica es históricamente propia de los regímenes que han desmantelado democracias desde adentro. El lenguaje violento no es un accidente: es siempre el primer paso de una degradación democrática más profunda.
Adoctrinamiento: cuando el pueblo termina siendo la materia prima del cinismo!
Mientras la élite política se desgarra en insultos y show, el principal afectado —como siempre— es el pueblo. Un pueblo expuesto a una pedagogía tóxica, cotidiana, constante. Una academia que enseña que insultar está bien, que odiar es aceptable, que denigrar es legítimo, que vociferar “verdades” desde la rabia es mejor que argumentar desde la razón.
Ese adoctrinamiento silencioso es el verdadero daño. No necesita leyes, decretos ni reformas: entra por las redes sociales, por los titulares, por los discursos públicos, por los videos virales. La ciudadanía consume una política que le enseña a detestar, no a pensar. A sospechar, no a dialogar. A destruir reputaciones, no a construir país!
Mientras tanto, los verdaderos problemas —economía, seguridad, educación, justicia— quedan sepultados bajo toneladas de ruido emocional. La política dejó de ser un proyecto colectivo y se volvió un deporte de gladiadores donde el pueblo solo sirve como público que anima la carnicería.
El origen del declive: el poder sin noción de servicio!
Gran parte del desastre diplomático actual nace de una idea distorsionada y primitiva del poder: la idea de que gobernar es mandar, no servir. Que ser funcionario es tener privilegios, no responsabilidades. Que hacer política es destruir al otro, no construir algo para todos.
La ausencia de altruismo y filantropía en la política colombiana no es casual. Es estructural. Aquí quien llega al poder llega para cobrar venganzas, para reivindicar traumas, para “pasar factura”, no para ejercer el Estado desde la altura moral que exige la función pública.
Un Estado sin cortesía es un Estado sin límites. Un Estado sin límites es un Estado sin institucionalidad. Y un Estado sin institucionalidad es un territorio perfecto para el autoritarismo.
¿Hacia dónde vamos?
Si Colombia no frena esta espiral de incivilidad, el país terminará en una zona mucho más peligrosa: la normalización del odio como moneda oficial de la política. Estamos cerca de ese punto de no retorno donde los modales dejan de ser solo un tema cultural y pasan a ser un asunto de estabilidad nacional.
Porque la diplomacia no es un lujo: es un mecanismo civilizatorio. Es el lenguaje mínimo que evita que una sociedad caiga en la barbarie. Y Colombia está coqueteando, con una irresponsabilidad monumental, con ese abismo.
Desde mi óptica!
O recuperamos la altura, o nos hundimos en el fango definitivo! Lo que hoy vive Colombia no es un problema de formas. Es un síntoma de fondo. La pérdida de cortesía política es la evidencia de que estamos gobernados —y en muchos casos representados— por mentes que confunden liderazgo con agresión, inteligencia con desdén, popularidad con vulgaridad.
La historia ha demostrado que ninguna sociedad que celebró la grosería como virtud terminó bien!
Y si Colombia quiere detener su deterioro político y diplomático, debe recuperar lo que perdió: la dignidad del trato, la nobleza del debate, la altura de la palabra.
De lo contrario, nos quedará únicamente una política de gritos, odios y sombras.
Una política que no ilumina nada y que solo destruye, es una política paranormal. Una política que, si no reaccionamos, terminará por destruirnos a todos.
Lo digo yo!
FERNANDO GIRALDO NARANJO
Analista Geopolítico
Cortesía: FERNANDO GIRALDO NARANJO / FGN Advertising Global Boutique.
