LA OPOSICIÓN, LA CASA PUBLICITARIA OFICIAL DE PETRO!
Por: FERNANDO GIRALDO NARANJO (CEO en FGN Advertising Global Boutique)
En los últimos años, el debate político en Colombia se ha simplificado hasta un punto preocupante: toda la energía discursiva de la oposición parece concentrarse en “derrotar a Petro” y debilitar al candidato a la presidencia Iván Cepeda. Esta lógica reactiva, carente de proyecto político estructurado, ha consolidado un tipo de antipolítica que —como advierte Sartori (1998)— reduce la deliberación pública a una disputa emocional y simbólica, vaciada de contenido programático.
Desde el ascenso del petrismo, la derecha y la ultraderecha han optado por construir su identidad sobre la negación del adversario. Este fenómeno no es exclusivo de Colombia, pero en el contexto nacional adopta características particulares: la oposición no compite por ideas, sino por indignación.
El “anti-Petro” como narrativa dominante
Siguiendo la teoría del framing (Lakoff, 2004), quien define los marcos de interpretación define la realidad política. En ese sentido, Petro sigue siendo el centro del marco narrativo, incluso entre sus opositores. Cada crítica y cada ataque refuerzan su papel como referente inevitable, transformando al presidente en el eje semántico de toda conversación política.
Desde la perspectiva del agenda setting (McCombs y Shaw, 1972), el efecto es evidente: la oposición contribuye a mantener la figura de Petro en el primer plano mediático, amplificando su visibilidad y reforzando su vínculo emocional con su base electoral.
En otras palabras, la oposición ha convertido al petrismo en su principal producto comunicacional, otorgándole una ventaja simbólica que trasciende la gestión gubernamental.
La derecha y ultraderecha: fragmentación y crisis narrativa
La derecha colombiana atraviesa una profunda crisis de concepto y cohesión. Diversas corrientes —uribismo, conservatismo, liberalismo, populismo religioso y tecnocracia empresarial, etc. — compiten por representar una misma identidad política, pero carecen de una narrativa integradora.
Su discurso gira en torno al miedo, la desconfianza institucional y la idea de que Petro representa una amenaza existencial. Voces como las de Vicky Dávila, María Fernanda Cabal, Juan Carlos Pinzón y el expresidente Álvaro Uribe, entre otros, han amplificado un tono confrontacional que busca movilizar por indignación, no por propuesta.
Sin embargo, esta estrategia, más propia de la propaganda que del debate democrático, ha tenido un efecto inverso: fortalecer a la izquierda y al candidato de turno. Cada ataque mediático y cada discurso de odio contribuyen a revalidar el relato de Petro como figura antisistema, perseguida por una élite que teme perder privilegios.
El centro político como oportunidad de equilibrio
En medio de la polarización, el centro político podría convertirse en el actor determinante de la contienda de 2026. Si logra superar su habitual ambigüedad —como advierte Habermas (1992), el consenso requiere contenido, no neutralidad—, el centro puede ocupar el espacio del cambio con estabilidad, una fórmula atractiva para el electorado moderado y urbano.
No obstante, su desafío radica en construir un relato que no sea únicamente “ni Petro ni Uribe”, sino un proyecto de país con propósito. Su potencial depende de su capacidad para ofrecer soluciones concretas en temas sensibles como desigualdad, seguridad y transición energética, sin caer en el populismo ni en la tecnocracia distante.
Daño reputacional y marca país
El efecto colateral de esta confrontación constante trasciende la política interna. Colombia, como marca país, proyecta hacia el exterior una imagen de conflicto permanente, instituciones fracturadas y liderazgo político inmaduro.
La crispación mediática promovida por sectores radicales ha deteriorado la confianza internacional en la estabilidad política del país, afectando su percepción ante inversionistas, organismos multilaterales y opinión pública global.
En este sentido, la oposición no solo erosiona su credibilidad electoral, sino que también daña la reputación colectiva de la nación. La marca Colombia —que durante años se asoció a resiliencia y modernización— hoy se asocia a polarización y ruido político.
Desde mi óptica!
El caso colombiano confirma que la comunicación política negativa, cuando se convierte en el eje estructural del discurso, se vuelve autodestructiva. La derecha y la ultraderecha, al carecer de una narrativa propositiva, se han transformado en los mejores publicistas del petrismo, y como efecto espejo del candidato a la presidencia Iván Cepeda. Las próximas encuestas darán parte de esto. Mientras tanto, el país paga el costo reputacional de una clase política incapaz de dialogar, cooperar o imaginar colectivamente.
Colombia necesita una oposición con ideas, no con obsesiones. De lo contrario, la política seguirá orbitando alrededor del ruido, y el ruido —como todo vacío— seguirá teniendo dueño.
Referencias bibliográficas
Habermas, J. (1992). Teoría de la acción comunicativa. Madrid: Taurus.
Lakoff, G. (2004). Don’t Think of an Elephant! Know Your Values and Frame the Debate. Chelsea Green.
McCombs, M., & Shaw, D. (1972). “The Agenda-Setting Function of Mass Media.” Public Opinion Quarterly, 36(2), 176–187.
Sartori, G. (1998). Homo videns: la sociedad teledirigida. Madrid: Taurus.
Lo digo yo!
FERNANDO GIRALDO NARANJO
CEO FGN ADVERTISING COL
Cortesía: FERNANDO GIRALDO NARANJO / FGN Advertising Global Boutique.
